¿Crees que no me daba cuenta de cómo brillabas cuando salías por la puerta? Te ibas radiante, de sobra sabía que te habías llevado puesto el sol. Menos mal que aún conservo un trozo de luna llena que ilumina, al menos, los rincones más oscuros de nuestra habitación. De lo contrario jamás me atrevería a mirar en ellos, por si tropiezo con recuerdos y en ellos salimos tú y yo.
Pero ahora tengo miedo. Miedo de no volver a ver la luz del día. ¿Qué hago yo sin halo de luz que refleje lo que fuimos? ¿Qué hago yo, si ahora casi siempre es de noche y llueve?
Me he pasado la mañana con antigripales y el impermeable puesto. ¿Qué más da que cierre ahora las ventanas, si el vendaval está en casa? ¿Para qué las mantas y los abrigos, si mi frío lo llevo dentro?
Te has ido y ya no brilla el sol. Las gotas apagan mis cigarros e inundan el café. El techo está gris y ya no sé si llueve aquí o acaso lloro yo. Lo único que sé es que me atrapan las raíces en el pasillo, que mi canoa se parte en los rápidos que descienden escaleras abajo, que el fango me atrapa en la cocina, que mi camino se hunde y mis huellas desaparecen. Que en el baño se ha roto el espejo y que los siete años de ruina comenzaron en el momento en que al mirarlo ya sólo me veía a mi.
Está bien, vete a donde quieras con nuestra historia si es lo que deseas.


